Los productos químicos de uso común dañan el desarrollo cerebral del feto

El daño afectaría gravemente al Coeficiente Intelectual

Todos los vertebrados, de la rana al hombre, necesitan la misma hormona, la hormona tiroidea, para el crecimiento. Modula todas las etapas del desarrollo del cerebro y, durante millones de años, la estructura de esta crítica hormona ha permanecido inalterada.

Pero los cambios introducidos por la vida moderna la impiden, cada vez en mayor medida, desempeñar su crucial papel. La “señalización” de la hormona tiroidea es muy vulnerable a la presencia de los productos químicos, que pueden interferir en las vías de comunicación endocrina entre las células.

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Estos disruptores endocrinos, como se les llama, son una legión de productos químicos, como plaguicidas, plastificantes, retardadores de llama, surfactantes y otros. Todos ellos se encuentran en nuestra comida, en las sartenes antiadherentes, los muebles, los productos de limpieza, la ropa y los cosméticos. Incluso se encuentran en el aire que respiramos y el agua que bebemos.

Mala noticia para el cerebro, desde luego, y peor aún para los cerebros de los niños. La hormona tiroidea realiza múltiples funciones en la orquestación de la producción y diferenciación de los cien mil millones de células que componen el cerebro humano. Sin la cantidad correcta de hormona tiroidea en el momento adecuado, los bebés humanos sufrirían serias discapacidades intelectuales, llegando a desarrollar un coeficiente intelectual de sólo alrededor de 35.

En un experimento reciente, realizado sobre renacuajos, esos proyectos de rana, se avanzó sobre la hipótesis de que los productos químicos comunes en el ambiente, individualmente y en conjunto, pueden interferir en el correcto desarrollo del cerebro del ser humano.

Los renacuajos se han utilizado durante mucho tiempo para estudiar los procesos de desarrollo humano, incluso en los primeros experimentos de clonación que se realizaron a finales de los años cincuenta, ya que dan importantes pistas sobre el desarrollo del cerebro.

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Ciertos trabajos previos habían demostrado que los renacuajos con trastornos endocrinos no se podían metamorfosear, es decir, nunca se convirtieron en ranas. El estudio, publicado el 7 de marzo en Scientific Reports, muestra que los renacuajos jóvenes expuestos a una mezcla de productos químicos comunes en concentraciones encontradas habitualmente en el líquido amniótico humano no sólo modificaron la señalización de la hormona tiroidea, sino que redujeron el número total y el tamaño de las neuronas e igualmente inhibieron el movimiento del renacuajo.

Incluso con una exposición limitada de tres días, se observaron efectos significativos en el desarrollo cerebral de los animales.

El autismo

Estos hallazgos plantean una serie de preocupaciones.

La producción química mundial se ha multiplicado por 300 en los últimos 50 años, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Y, puesto que todas las moléculas comunes que utilizamos en nuestro experimento se encuentran en concentraciones similares en el líquido amniótico humano, los efectos potenciales de esta mezcla en el desarrollo del cerebro fetal deben tomarse muy en serio.

Se ha comprobado en los últimos años que pequeñas variaciones en los niveles de hormona tiroidea de la mujer al principio del embarazo afectan significativamente al Coeficiente Intelectual (CI) del niño y la estructura de su cerebro, incluyendo la proporción de materia gris (neuronas) y materia blanca.

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El niño autista se aisla en su mundo y puede pasar horas y horas jugando él solo con sus juguetes favoritos, que prefiere al contacto con otros niños o personas.

Igualmente, se ha demostrado en estudios epidemiológicos longitudinales que los niños nacidos de madres con altos niveles de ciertos productos químicos que alteran la tiroides, (como policlorobifenilos o PCB, que se usan como retardadores de llama), tienen coeficientes de inteligencia más bajos. Los niños nacidos de madres expuestas a pesticidas u otros productos químicos también pueden presentar problemas de neurodesarrollo.

Surge la pregunta: ¿Puede la exposición intra-uterina a los productos químicos que alteran la tiroides estar relacionada con el aparente aumento de enfermedades como el autismo o el trastorno por déficit de atención por hiperactividad (TDAH)?

No hay datos fiables sobre autismo en nuestro país. La Confederación de Autismo en España se basa en las cifras de estudios epidemiológicos realizados en Europa, que apuntan una prevalencia de aproximadamente 1 caso por cada 100 nacimientos (Autism-Europe aisbl 2015).

En estudios recientes realizados en EEUU -CDC, 2012- los datos son de 1 por cada 88, aunque esta cifra varía según la fuente, y puede hasta doblarse: 1 de cada 42 niños. En cualquier caso, la incidencia del autismo en los Estados Unidos aumentó significativamente entre 2000 y 2014. El genoma humano no cambió durante este tiempo, como tampoco lo hicieron los criterios de diagnóstico. Por supuesto, el simple conocimiento del problema tampoco explica el aumento.

La investigación enfatiza las bases genéticas de los trastornos del espectro autista, pero es muy plausible que los factores ambientales puedan exacerbar las susceptibilidades genéticas. En estudios realizados sobre ratas gestantes, el comportamiento similar al autismo en su descendencia se ha relacionado con alteraciones en la señalización de la hormona tiroidea, específicamente el hipotiroidismo.

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Bajada del Coeficiente de Inteligencia

La alteración endocrina también influye en el CI, cuya disminución se ha observado en ciertas poblaciones.

Admitiendo que la comparación del Coeficiente Intelectual en diferentes poblaciones en diferentes momentos no es, por supuesto, científicamente rigurosa, la medición del CI en un momento determinado en una población expuesta a diferentes niveles de productos químicos sí puede ser significativa.

Varios estudios en todo el mundo han demostrado que los niveles de CI disminuyen con el tiempo. Las juntas de reclutamiento militar en Finlandia y Dinamarca así lo demuestran, y se observan pérdidas similares en otras poblaciones, incluyendo adultos en Francia y niños en el Reino Unido.

Otros datos muestran que el tiempo de reacción en los jóvenes está disminuyendo, lo que no deja de ser sorprendente, dado que muchos jóvenes hoy juegan con aplicaciones de móviles y ordenadores que exigen gran rapidez de reflejos.

Hay que tener en cuenta que la velocidad de la transmisión neuronal depende de la mielinización, la formación de la vaina lipídica alrededor de las neuronas, que exige “suficiente” hormona tiroidea. Por lo tanto, el tiempo de reacción es vulnerable a la acción de los disruptores endocrinos presentes en la vida diaria.

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¿Conclusión?

Hoy día, la contaminación química afecta a todos, expuestos a cientos de productos químicos, pocos de los cuales han sido plenamente probados para determinar sus efectos tóxicos. Poco o nada se sabe sobre los efectos potenciales en los sistemas hormonales, y menos aún sobre cómo actúan mezclados entre sí, creando un cóctel de alcance desconocido.

Los hallazgos de la investigación, mostrando efectos adversos de los químicos sobre la señalización de la hormona tiroidea, indican la necesidad urgente de revisar las pruebas de los productos químicos antes de introducirlos al mercado.


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