No pensamos igual en invierno que en verano

“Astenia primaveral”, “Depresión invernal”… son tópicos tomados quizá demasiado poco en serio por la medicina. Se suelen considerar, casi despectivamente, como neurosis propias poco menos que de personas ociosas y aburridas.

La concentración de los participantes era peor cerca del solsticio de invierno, en diciembre

Y, sin embargo, afectan lo suficiente como para que existan como trastornos, como para que estén ahí.

Este nuevo estudio profundiza en los efectos de las estaciones, yendo más allá de lo puramente anímico y adentrándose nada menos que en el pensamiento, la principal función de cerebro consciente.

¿Cuándo piensa con mayor claridad, en invierno o en verano? ¿En qué momento del año funciona mejor la memoria a corto plazo?

El estudio sugiere que la potencia del cerebro es mayor en ciertos momentos del año. Las conclusiones no son definitivas, y las diferencias aparentes no parecen ser perceptibles más allá de los escáneres cerebrales; pero el Dr. Gilles Vandewalle, de la Universidad de Lieja, en Bélgica, dijo que el estudio, efectuado en 28 adultos jóvenes muestra que "la estación importa".

Y quizá importe más en algunas personas que en otras. En particular, apuntó Vandewalle, quienes padecen un trastorno afectivo estacional (la depresión que aparece durante ciertos meses, la “invernal” que decíamos antes) podrían ser incluso más vulnerables a los efectos de la estación sobre el cerebro.

Hace mucho que se sabe que las estaciones afectan de varias formas. "Las estaciones son importantes para los animales en cuanto a la reproducción y la hibernación", comentó Vandewalle. Y en los humanos "es bien sabido que las estaciones afectan al estado de ánimo".

La investigación muestra que las estaciones también afectan a las hormonas, al sistema inmunitario y a los neurotransmisores, apuntó Vandewalle. Algunas investigaciones han sugerido que las estaciones afectan a las habilidades de pensamiento, pero los hallazgos no han sido concluyentes, dijo.

En la nueva investigación, Vandewalle y sus colaboradores estudiaron a 14 hombres y a 14 mujeres, de un promedio de 21 años, en cuatro momentos distintos del año, entre mayo de 2010 y octubre de 2011. Los participantes pasaron cuatro días y medio en laboratorios, aislados y sin indicación de la estación en el exterior, ni la luz del día, ni acceso al mundo exterior.

Se usaron escáneres cerebrales para evaluar la realización de ciertas tareas que afectaban a la concentración y la memoria a corto plazo.

Los escáneres mostraron que la capacidad de concentración de los participantes era mejor cerca del solsticio de verano, en junio, y peor cerca del solsticio de invierno, en diciembre. Su memoria a corto plazo fue mejor en otoño y peor en primavera.

"Lo más probable es que la estación sea la responsable", afirmó Vandewalle.

Los investigadores no saben cómo las estaciones afectan realmente al cerebro. Pero los cambios estacionales en humedad, temperatura, duración de los días e incluso las interacciones sociales podrían tener algo que ver, sugirió Vandewalle. "Probablemente haya múltiples factores", añadió.

No está claro por qué el cerebro podría haber evolucionado de esta manera, aunque en el pasado dependíamos en mucha mayor medida de los cambios estacionales para cosas fundamentales (como la alimentación) dijo Vandewalle. Además, como humanos "quizá estemos programados para bajar la actividad cerebral en invierno, y eso podría provocar cambios en la actividad del cerebro. Pero en la sociedad moderna tenemos una actividad similar durante todo el año", apuntó.

Vandewalle concluyó diciendo que las diferencias en la función cerebral no serían perceptibles en la vida diaria, pero sí en el nivel de actividad cerebral.

La investigación se publicó en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences. Puede acceder al estudio aquí.


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