Más sobre el autismo

Autismo en niños que no responden a su nombre

En nuestra práctica clínica habitual, el autismo no se diagnostica hasta el tercer o cuarto año de vida, aunque los padres pueden empezar a mostrar su preocupación por el desarrollo de sus hijos mucho antes: en el 30%-40% de los casos ya desde el primer año. La identificación precoz del autismo ofrece la posibilidad de una intervención temprana, lo que ofrece a su vez una mejora en los resultados del tratamiento de los niños con autismo.

Uno de los comportamientos de la infancia más consistentemente documentados que distingue a los niños diagnosticados tardíamente de autismo de aquellos con un desarrollo típico de la enfermedad o con retrasos en el desarrollo es una disminución de la tendencia a responder a su propio nombre.

Este estudio

Muestra que el niño que al año de edad no responde a la llamada por su propio nombre puede tener algún problema de desarrollo, autismo incluido.

    Algunos estudios previos han demostrado que por su primer cumpleaños, los niños diagnosticados de autismo de forma tardía es mucho menos probable que respondan a su nombre que los del grupo control. Así pues, los bebés que al año de edad no responden a su nombre podrían tener algún problema de desarrollo e incluso autismo, pudiendo ser esa pérdida de respuesta a su nombre un marcador precoz fiable de autismo en combinación con otros comportamientos como una disminución de la atención a las caras.

    Este estudio investiga la tendencia a responder a su nombre de niños en riesgo de autismo y en niños sin riesgo conocido, mediante un diseño que permite:

    • La estandarización y consistencia en la medida del comportamiento.
    • El análisis de la estabilidad de este comportamiento en dos puntos diferentes en la infancia.
    • El examen de la sensibilidad y especificidad del marcador de autismo.

    Los investigadores realizaron una prueba con menores en riesgo (cuyos hermanos mayores presentaban autismo) y con un grupo control consistente en llamar a los niños por su nombre para ver si respondían. Fueron evaluados a los 6 meses 55 niños en riesgo y 43 que no lo tenían y a los 12 meses 101 de los pacientes de riesgo y 46 pacientes sin factores de riesgo.

    Los autores encontraron que, al igual que otros estudios, una disminución de la respuesta a su nombre a la edad de 12 meses también discrimina a los niños en riesgo de autismo de un grupo control de niños de bajo riesgo. A los 12 meses, todos los niños de su grupo control sin riesgos conocidos de trastornos del desarrollo respondieron a su nombre a la primera o segunda llamada. En contraste, 14 niños del grupo de riesgo no lo hicieron a la edad de un año. Doce de estos niños fueron evaluados a los 2 años de vida: 5 fueron diagnosticados de autismo y 4 presentaron otros retrasos del desarrollo. Los autores encontraron que un fallo en la respuesta a su nombre a la edad de 1 año mostró una especificidad (capacidad de la prueba para señalar a un enfermo) muy alta para desarrollar autismo en la evaluación realizada a los 2 años y para ningún otro tipo de retraso en el desarrollo. Sin embargo, la sensibilidad (capacidad de la prueba para detectar la enfermedad) fue baja.

    Los investigadores afirman que, de esta forma, el fallo para responder a su nombre en una revisión rutinaria al año de edad puede ser un indicador útil de niños que podrían beneficiarse de una evaluación más exhaustiva de su desarrollo. Sin embargo, no identificará a todos los niños en riesgo de problemas del desarrollo.

    Proponen incluir esta sencilla medida (preguntar al niño por su nombre) en la visita rutinaria que se realiza al año de edad. Si el niño no responde adecuadamente, tiene una alta probabilidad de algún tipo de trastorno del desarrollo y debería ser evaluado con mayor frecuencia.

    ¡Padres y madres: atentos a las respuestas de vuestro hijo cuando le llaméis por su nombre!

    A prospective study of response to name in infants at risk for autism. Aparna S. Nadig, Sally Ozonoff, Gregory S. Young, Agata Rozza, Marian Sigman, Sally J. Rogers. Arch. Pediatr. Adolesc. Med 2007; 161: 378-383
    .

    ¿Le ha parecido interesante?

    Comparta en Redes Sociales