Básicamente es un trastorno crónico de la médula ósea, el tejido
esponjoso que rellena los huesos largos y produce todas las células sanguíneas
del organismo (glóbulos rojos y blancos y plaquetas).
Consiste en la proliferación descontrolada de las células
sanguíneas
Los pacientes con esta enfermedad han adquirido una anomalía que
consiste en la rotura de un cromosoma que se une a otro cromosoma. Esta
alteración se traduce en la aparición de un nuevo cromosoma anormalmente corto,
llamado cromosoma Filadelfia.
Este intercambio de información genética genera dos genes
(llamados BCR y ABL en sus siglas en inglés) que se funden en uno, llamado
BCR-ABL.
Este nuevo gen induce en las células de la médula ósea la
producción de una enzima anómala que estimula la proliferación descontrolada de
las células sanguíneas, lo que ocasiona finalmente una elevación importante en
el recuento de leucocitos o glóbulos blancos y un aumento del tamaño del bazo.
En ocasiones, la enfermedad puede transformarse en un proceso
más agresivo que llamamos leucemia aguda y que cursa con una elevación en el
número de ciertos leucocitos inmaduros, llamados blastos, que se manifiesta por
un mayor riesgo de desarrollar infecciones y sangrados excesivos al disminuir
el número de glóbulos rojos y plaquetas.
Fases de la enfermedad
La leucemia mieloide crónica presenta tres fases:
Fase crónica: cursa con menos del 5% de
blastos circulando en la médula ósea. La mayoría de los pacientes (85%) se
encuentran en esta fase cuando son diagnosticados inicialmente. Dura
generalmente varios años y se controla rápidamente con tratamiento médico con
fármacos orales.
Fase acelerada: se afecta progresivamente la
maduración de los glóbulos blancos. Se detectan entre el 10 y el 20% de blastos
en la sangre o en la médula ósea. En esta fase el número de células enfermas en
el organismo es más difícil de controlar con medicamentos, probablemente debido
a nuevas mutaciones aparecidas en los blastos.
Fase de blastos: en la llamada crisis blástica
aparecen entre el 20 y el 30% de blastos en la sangre o en la médula ósea.
Antes de la aparición de los nuevos tratamientos, esta fase se presentaba
pasados 4-5 años tras el diagnóstico de la enfermedad y, con frecuencia, no
respondía a los tratamientos.
Tratamiento
Las diferentes opciones terapéuticas disponibles en la
actualidad para estos pacientes son las siguientes:
Trasplante de médula ósea o de células
hematopoyéticas (productoras de sangre), que potencialmente puede curar la
enfermedad.
Inhibidores de la enzima tirosina quinasa,
como imatinib o Glivec, que permiten controlar la enfermedad.
Quimioterapia (hidroxiurea o interferon
alfa). Va dirigida a reducir los síntomas.
La elección del tratamiento depende de la fase en la que se
encuentre la enfermedad, la disponibilidad de células madre de donante, la
idoneidad del paciente y sus preferencias.
El objetivo principal del tratamiento es reducir o eliminar las
células que contienen el cromosoma Filadelfia anómalo. Esto se mide a través de
la llamada respuesta citogenética. Si el tratamiento es eficaz, hará que el
recuento de células vuelva a la normalidad. Esto se
mide a través de la llamada respuesta hematológica.
Si se alcanza una respuesta hematológica se reducirá la gravedad
de los síntomas asociados con esta enfermedad, pero la progresión de las fases
acelerada y blástica continuará, a menos que se obtenga una respuesta
citogenética. Alcanzar una respuesta hematológica es importante, pero no
asegura que la enfermedad esté adecuadamente controlada.
La única forma de asegurar que la enfermedad está controlada es
disponer de una prueba molecular sensible. Se dice que un paciente tiene una
respuesta molecular cuando no se detecta el gen BCR-ABL. El objetivo del
trasplante de médula ósea es, precisamente, alcanzar este nivel de respuesta.
Algunos pacientes tratados con imatinib a largo plazo también han presentado
una respuesta molecular. La quimioterapia sólo produce este tipo de respuesta
de forma ocasional.
Avances
En los últimos años, los investigadores han dirigido sus
esfuerzos a desarrollar compuestos que pudieran inhibir de forma selectiva la
enzima tirosina quinasa que, como hemos visto, es la responsable de la
proliferación descontrolada de las células sanguíneas. Los inhibidores de la
tirosina quinasa retrasan o detienen las acciones del gen BCR-ABL, lo que
conlleva la muerte inmediata de las células que contienen el cromosoma
Filadelfia.
En la mayoría de los pacientes, estos medicamentos son capaces
de conseguir un buen control de la enfermedad a largo plazo. Es la razón de que
se hayan convertido en el tratamiento inicial de elección en la mayoría de
pacientes recién diagnosticados de leucemia mieloide crónica.
Imatinib o Glivec es un fármaco que puede usarse en todas las
fases de la enfermedad, ya que ha demostrado grandes beneficios. Así, el 97% de
pacientes alcanza una tasa de respuesta hematológica completa y el 76% una
respuesta citogenética completa.
El fármaco se tolera bastante bien en la mayoría de los casos y
los efectos secundarios son leves o moderados y no obligan por lo general a su
suspensión. Los más comunes son: náuseas y vómitos, diarrea, calambres
musculares en las pantorrillas, pies y manos, erupciones cutáneas, ginecomastia
o aumento del tamaño de los pechos y anemia ligera.
El trasplante
Otro tratamiento empleado es el trasplante de células
hematopoyéticas, de médula ósea o de células madre. Consiste en la sustitución
de las células productoras de sangre de la
médula ósea enferma del paciente por células sanas de
un donante.
La decisión más importante con la que se enfrenta un paciente
que ha sido diagnosticado de leucemia mieloide crónica en fase crónica es si
debe tomar imatinib o hacerse un trasplante de médula ósea.
Actualmente sabemos que el trasplante de células hematopoyéticas
alogénicas, es decir, de un donante distinto del propio paciente, es el único
tratamiento que cura la enfermedad. Sin embargo, el tratamiento con imatinib es
el preferido por la mayoría de médicos y pacientes y un panel de expertos ha
recomendado su uso en el tratamiento inicial de los pacientes con nuevo
diagnóstico de leucemia mieloide crónica en la fase crónica.
Debido a que son frecuentes las recaídas en pacientes en la fase
acelerada y en prácticamente todos los pacientes en la fase blástica tratados
con imatinib, debería considerarse un trasplante alogénico en todos los
pacientes con una edad apropiada, preferiblemente tras la buena respuesta del
paciente al tratamiento con imatinib.
Dr. Salvador Pertusa
Martínez
, médico de familia.
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