Hace unos años se abrió una nueva vía de investigación en las
ciencias biomédicas que contempla la posibilidad de aprovechar las peculiares
características biológicas de un tipo de células que poseen todos los seres
vivos, denominadas células madre o progenitoras (en inglés, stem
cells.)
El empleo de células madre revolucionará la
medicina.
La idea de utilizar estas células madre para reparar o reponer
partes enfermas o dañadas de nuestro organismo está cobrando cada vez más
fuerza y son ya muy numerosos los estudios científicos que pretenden poner en
evidencia los prometedores beneficios que pueden resultar del uso de esta
novedosa terapéutica.
¿Qué son las células madre?
Las células en su desarrollo poseen dos cualidades básicas: la
pluripotencialidad y la diferenciación. Ambas cualidades son antagónicas, de
manera que cuanta más pluripotencialidad posee una célula, menor grado de
diferenciación tiene, y viceversa.
La pluripotencialidad
La pluripotencialidad, propia de la célula inmadura o
primitiva, es la capacidad de ésta para convertirse en células distintas, de
muy diferentes tejidos (piel, músculo, hueso, etc.).
La diferenciación
La diferenciación es la cualidad por la cual la célula
adquiere ya una “especialización” dentro de un tipo celular concreto, que le
hace no poder cambiarse a otro tipo.
Podríamos decir que una célula pluripotencial es como un lienzo
sin pintar, en el que el artista puede elegir cualquier motivo que plasmar, y
una célula diferenciada sería como el mismo lienzo con el cuadro ya
definitivamente pintado.
En el embrión existe gran cantidad de células pluripotenciales
cuya función básica consiste en multiplicarse para ir poblando las diferentes
partes del individuo en las que se irán formando los diferentes órganos. Cuando
estas células se asientan y se van diferenciando con el fin de construir un
determinado órgano, como un corazón o un pulmón, llega un momento en que no son
capaces de proliferar más y se especializan en el tipo de célula que en ese
sitio es necesario, con las funciones concretas que le tocará realizar; por
ejemplo, si se trata de una célula cardiaca deberá poder contraerse de modo
rítmico, mientras que si es una célula de la retina del ojo deberá ser capaz de
transmitir la señal luminosa, etc.
Así pues, el ser humano al nacimiento, tras haber completado su
desarrollo y maduración fetales, está compuesto por una gran cantidad de
células, la mayor parte de las cuales se hallan diferenciadas formando los
diferentes tejidos y órganos. Sin embargo prácticamente todos los tejidos,
sobre todo aquellos que más se renuevan, como la piel, las mucosas, el músculo,
la médula ósea (formadora de las células de la sangre), conservan una cantidad
variable de células pluripotenciales, capaces de multiplicarse y poder renovar
y reparar los tejidos en los que residen. Esas células, formadoras de múltiples
“células hijas” que tomarán diferentes caminos de diferenciación, son las
células madre o progenitoras. Si nuestro organismo no dispusiera de ellas, los
tejidos de mayor desgaste o necesidad de renovación se acabarían agotando, y
moriríamos por puro desgaste.
¿Qué tipos de células madre hay?
En cualquier embrión, así como en la placenta, existe una
cantidad importante de células madre. Por ello los trabajos que se han llevado
a cabo para estudiar estas células han visto en los tejidos embrionarios la
mejor fuente de obtención de este tipo de células. Sin embargo existe otro tipo
de células madre, las no embrionarias o también denominadas adultas, que pueden
obtenerse de algunos tejidos del ser humano adulto, como por ejemplo la médula
ósea.
Así pues, existen dos tipos de células madre principales, las
embrionarias y las de los tejidos ya formados. Éstas se encuentran en
proporciones muy diferentes según la necesidad regenerativa de cada órgano en
cuestión. Tejidos como el del sistema nervioso central o la retina presentan
muy escasa dotación de células progenitoras, mientras que otros como las
mucosas, los cartílagos, la piel o la médula ósea suelen contar con una
cantidad apreciable de ellas.
La médula ósea, que se encuentra dentro de los huesos del tronco
en un adulto sano, es el gran órgano productor de células sanguíneas y es uno
de los tejidos con mayor abundancia de células madre de nuestro cuerpo. Tiene
una cantidad considerable de células madre porque todas las células de la
sangre (glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas) tienen una duración
limitada, lo que exige una continua renovación de las mismas por el organismo.
La médula ósea es muy sensible al efecto lesivo que
inevitablemente producen los tratamientos contra el cáncer (quimioterapia y
radioterapia). Por ello, en pacientes
con enfermedades malignas de la sangre, como las
leucemias, es necesario extraer antes
del tratamiento una cantidad suficiente de células madre de su médula, para
reintroducirlas tras el mismo y restaurar la médula dañada. Alternativamente,
tales células pueden obtenerse de la médula de un donante compatible. A esto se
le llama trasplante de médula ósea y es algo que se viene haciendo desde hace
ya décadas como tratamiento definitivo de muchas enfermedades hematológicas.
Células madre para reparar tejidos lesionados
Este tipo de terapia, en la que se extraen células madre de un
tejido para reponerlo tras un daño, y que ya viene haciéndose con normalidad en
el caso del trasplante de médula ósea, podría también llevarse a cabo con otros
tejidos. Los problemas básicos serían los mismos: conseguir suficientes células
madre que fuesen compatibles (que no fuesen rechazadas por el sistema
inmunológico del receptor) y saber poner en juego los mecanismos moduladores de
la diferenciación más conveniente para restaurar el tejido
específico.
En principio se pensaba que la capacidad regenerativa de las
células madre se limitaba al tejido lesionado en el que residen, es decir, si
se producía una lesión en la piel, las células madre cutáneas teóricamente sólo
podían formar células hijas que renovasen dicha piel. De igual modo se pensaba
que las células progenitoras de la médula ósea sólo eran capaces de formar
células nuevas de tipo sanguíneo y no de otros tejidos. No se les atribuía una
pluripotencialidad tan notable como la de las células embrionarias, y sin
embargo lo cierto es que esta idea no parece muy correcta a la luz de las
últimas investigaciones. Numerosos estudios realizados con células madre no
embrionarias van consolidando la certeza de que este tipo de células
progenitoras pueden ser de una gran versatilidad.
La posibilidad de que células progenitoras de la médula ósea
sean capaces de regenerar tejido miocárdico en pacientes infartados ha sido ya
evidenciada en varios estudios, como también se ha visto apuntada en estudios
preclínicos realizados en animales de experimentación. En este tipo de
investigaciones se han obtenido resultados prometedores, que indican que
mediante el uso de células madre adultas (no embrionarias) podría inducirse la
regeneración masiva de otros tejidos, como el cartilaginoso, el glandular, el
vascular, el conjuntivo o incluso el tejido nervioso.
¿Cómo se emplean las células madre ?
Hasta ahora el esquema de utilización terapéutica de las células
madre marcado por los diferentes estudios ha sido bastante sencillo. Tomando
como ejemplo uno de los ensayos que más se han llevado a cabo, el realizado en
pacientes con infarto de miocardio, el primer paso consiste en obtener células
progenitoras de la médula ósea del paciente e introducirlas acto seguido en el
interior del tejido cardiaco lesionado. El objetivo es que esas células de gran
pluripotencialidad se diferencien en células nuevas, miocárdicas y vasculares,
que regeneren con mayor eficacia y rapidez el órgano enfermo. Este tipo de
investigaciones que han llevado adelante este sencillo esquema de actuación han
obtenido resultados muy positivos, con recuperaciones muy notables de la
funcionalidad cardiaca y regeneración evidente de tejido cardíaco sano.
El dilema ético: el debate
Son ya muchos los estudios científicos en animales y en personas
en los que, con resultados variables, se ha intentado demostrar la capacidad
regeneradora de las células madre en diferentes órganos (cerebro, retina,
músculo, hueso, hígado, corazón...). En unos se han empleado células madre
procedentes de embriones; en otros, células madre obtenidas de tejidos como la
piel, la grasa o la médula ósea.
El empleo de embriones ha suscitado desde el principio un
intenso debate ético. La manipulación de embriones humanos es ampliamente
condenada por muchos pensadores por considerar que el embrión es potencialmente
una persona, de la que la ciencia se sirve para conseguir el interés de un
tercero, y cuyo sacrificio no es justificable, por muy loable que pueda ser el
beneficio obtenido.
Sin embargo, otros expertos no ven en ello un problema relevante
si con ello se puede salvar la vida de muchas personas o recuperar su
deteriorada salud. De cualquier modo, cada vez son más las restricciones
legales en todos los países limitando el ejercicio de la manipulación genética
sobre embriones o fetos humanos y de hecho, los experimentos que contemplan la
clonación humana, por ejemplo, están prohibidos en casi todos los países
occidentales, excepto EE.UU. y Gran Bretaña.
A la vista, sin embargo, de los últimos estudios científicos que
demuestran una versatilidad antes no esperada de las células madre adultas para
diferenciarse en tejidos distintos del que proceden, el dilema ético desatado
sobre el uso de los embriones podría dejar de tener sentido. Sacrificar
embriones ya no sería imprescindible para obtener células madre. Además de
ello, la obtención de células del propio individuo presenta una ventaja
añadida, como lo es la perfecta inmunotolerancia, al ser el mismo individuo
donante y receptor. Con todo, el debate seguirá bastante tiempo abierto por la
aparición de ciertos estudios que defienden prioritariamente la investigación
de estas técnicas terapéuticas con células embrionarias, argumentando que se ha
exagerado la capacidad regeneradora de las células adultas.
En cualquier caso, independientemente de que se resuelvan las
controversias a favor de una u otra modalidad de uso de las células
progenitoras, si el curso de las investigaciones sigue como hasta ahora, todo
parece apuntar a que el empleo terapéutico generalizado de células madre
revolucionará la medicina, ofreciendo soluciones eficaces a problemas de salud
hasta ahora insalvables. Muy posiblemente, en un futuro no muy lejano se podrán
reparar partes de tejidos vitales lesionados, sintetizar órganos genéticamente
idénticos para trasplantes, fabricar sangre, curar enfermedades por defecto
genético, confeccionar bancos de células de tipos específicos para el ensayo en
laboratorio de fármacos, etc. Todo un mundo nuevo de posibilidades terapéuticas
fascinantes que se abrió hace escasos años y que no ha hecho más que
comenzar.
Dr. Alfonso Santiago Marí
, especialista en Hematología.
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