El autismo infantil precoz fue descrito por primera vez hace más
de 50 años y se caracteriza por un profundo deterioro de la capacidad del niño
para relacionarse con las demás personas, incluyendo a sus propios
padres.
El niño autista se aisla en su mundo y puede pasar horas y
horas jugando él solo con sus juguetes favoritos.
Actualmente se considera un trastorno generalizado del
desarrollo que se inicia en la infancia y se caracteriza por una desviación y
un deterioro cualitativo de los patrones normales de interacción y de relación
con otras personas y de los patrones normales de comunicación tanto verbal como
no verbal.
¿A quién afecta esta enfermedad?
Afecta aproximadamente a 4 de cada 10.000 niños si se aplican
los criterios diagnósticos iniciales, que eran muy estrictos. Los estudios más
recientes tienden a considerar que el autismo es mucho más frecuente (en torno
al 1-2 % de la población escolar) si se aplican criterios menos rígidos en lo
que se ha dado en llamar el espectro autista.
Afecta en mayor medida a los niños varones en una relación de
casi tres veces más frecuente que en las niñas. No existe, sin embargo, ninguna
prueba o test médico que pueda determinar si una persona tiene o no
autismo.
Aunque inicialmente se consideró un trastorno de origen
psicológico debido a un trauma, e incluso que pudiera estar inducido o
condicionado por los padres, parecen existir pruebas y es aceptado que en
realidad su origen es orgánico, aunque de causa desconocida. Se han descubierto
alteraciones en las áreas del cerebro implicadas en la comunicación, algunas de
ellas debidas a errores en el desarrollo y otras a procesos
degenerativos.
Como posibles causantes se han manejado desde el exceso de
gluten en la alimentación, algún tipo de
virus u otras enfermedades que
contrajo la madre durante el embarazo, deficiencias de la
vitamina B6 e incluso algunos
derivados del mercurio que actuarían sobre un niño con una importante
predisposición genética todavía imposible de detectar. No suelen existir
antecedentes familiares de este problema.
¿Cómo se puede reconocer este trastorno?
La edad en la que se presenta este trastorno se sitúa en torno a
los 15 meses (casi siempre antes de los 30 meses), que es cuando los padres
suelen consultar al pediatra porque su hijo presenta un importante retraso a la
hora de comenzar a hablar. Cuando el médico pregunta a los padres, éstos suelen
decir que a su hijo no le gusta ser abrazado como a los demás niños, que la
llamada sonrisa social, es decir, aquella que presentan todos los niños cuando
los adultos les hacen alguna gracia o caricia, o bien no existe o apareció
tardíamente, y que el niño no echa los brazos pidiendo que le cojan, como hace
la mayoría de los niños.
El niño autista se aisla en su mundo y puede pasar horas y horas
jugando él solo con sus juguetes favoritos, que prefiere al contacto con otros
niños o personas. Suele presentar conductas llamadas rituales, es decir,
aquellas que reflejan la necesidad del niño de mantener inalterable su entorno
y rutinas compulsivas, como tocar objetos en una secuencia prefijada; la
interrupción de estas rutinas puede desencadenar intensos ataques de ira y
crisis de agresividad.
El contacto visual con los demás es mínimo o no existe y el niño
se muestra indiferente a los intentos de los demás de unirse a sus juegos. Son
característicos y llamativos los movimientos de cabeza, el rechinar de dientes,
las vueltas sobre sí mismos y los balanceos.
El deterioro en la interacción social de estos niños se
caracteriza por indiferencia hacia los demás; el niño no solicita ayuda ante
sus problemas o lo hace de forma inadecuada; presenta una dificultad importante
para imitar, incapacidad para realizar juegos sociales y asimismo dificultades
para hacer amigos.
El deterioro en la comunicación tanto verbal como no verbal se
manifiesta porque desde pequeñitos no presentan formas de comunicación
habituales como la expresión facial, el balbuceo, etc. No tienen actividad
imaginativa y su comunicación no verbal (gestos, expresiones, mímica) es
anómala. Presentan graves alteraciones en el habla (en el tono, el ritmo o la
entonación) y en el contenido de lo que dicen (uso repetitivo y estereotipado,
inversión de los pronombres yo por tú, etc.) Asimismo, presentan incapacidad
para mantener una conversación con los demás y si la consiguen es a través de
monólogos larguísimos.
Respecto a su repertorio de actividades e intereses, decíamos
que presentan movimientos corporales estereotipados, es decir, gestos,
fórmulas, expresiones, etc. que se repiten sin variación; tienen una
preocupación excesiva y repetitiva por los detalles de algunos objetos;
presentan resistencia ante pequeños cambios en el ambiente; gran preocupación
en realizar rutinas (por ejemplo, hacer el mismo camino para ir al colegio); y
una preocupación excesiva por algún aspecto concreto (sólo se interesa por
alinear objetos).
El cociente intelectual con las pruebas psicológicas
convencionales corresponde a un nivel funcionalmente retrasado, pero las
dificultades en el lenguaje y la sociabilidad hacen difícil estimar con
seguridad la capacidad intelectual del niño autista.
Aproximadamente uno de cada cuatro niños presenta crisis
convulsivas desde la adolescencia, especialmente aquellos con un cociente
intelectual menor de 50.
¿Cómo se desarrollan estos niños?
Brevemente describiremos los comportamientos más destacados de
la mayoría de estos niños a determinadas edades.
Del nacimineto a los 30 meses
Desde el nacimiento hasta aproximadamente los 30 meses pueden
presentar llanto constante o, por el contrario, ausencia total del mismo.
Muchos de estos niños presentan problemas con la alimentación como dificultad
para succionar, rechazo de algunos alimentos o, por el contrario, fijación por
algunas comidas, etc.
A menudo presentan dificultad para establecer contacto
afectivo con la madre rechazando los mimos o no alzando los brazos en petición
de cobijo, como antes veíamos. Algunos de estos niños presentan dificultad para
controlar los esfínteres y la mayoría presentan demora o mutismo en el
desarrollo del habla, hecho característico de esta enfermedad.
De los 30 meses a los 5 años
De los 30 meses a los 5 años se produce retraimiento social,
resistencia al cambio más elemental, carencia para imaginar (ni imagina ni le
gustan las historietas, etc.), temores específicos (miedo ante algo totalmente
inofensivo y normalidad ante un peligro real), conducta social anómala (ni
comprende las reglas sociales ni los sentimientos de los demás) y se muestra
incapaz de jugar con otros niños.
Respecto a las habilidades, estos niños son capaces de armar o
desarmar aparatos mecánicos y les gusta la música y manejar objetos y pueden
tener excelente memoria fotográfica.
En cuanto a los sentidos, pueden presentar audición selectiva,
es decir, parecen mostrarse sordos para unos sonidos y sensibles a otros. A
menudo tienen dificultades para reconocer visualmente los objetos; son
insensibles al dolor o, por el contrario, hipersensibles a pequeños estímulos
dolorosos. Respecto al sentido del gusto se han observado los dos extremos,
desde la indiferencia a la aversión. En cuanto a la motricidad, normalmente les
cuesta imitar ejercicios motores.
A partir de los 5 años
A partir de los 5 años se inicia una recuperación, sobre todo
en las áreas emocional y social. Los niños se vuelven más sociables y
afectivos, con menos resistencias al cambio y poseen un conocimiento más real
de los peligros. Es menor la evolución en las áreas motrices y del
lenguaje.
A pesar de estos problemas, si el niño recibe una correcta
escolarización y ayuda adecuada desde esta edad hasta la adolescencia,
conseguirá una evolución positiva, siempre en función de su cociente
intelectual y su capacidad lingüística.
¿Qué tratamientos pueden recibir estos niños?
No existe un tratamiento específico para estos niños aunque se
han ensayado distintas terapias psicológicas y medicamentos tranquilizantes con
éxitos muy limitados.
Es necesario realizar una evaluación detallada de los problemas
del niño autista antes de fijar un programa de intervención. Esta evaluación
debe ser realizada por un equipo multidisciplinar, formado a ser posible por un
psiquiatra infantil, un neurólogo, un pedagogo o psicólogo, el terapeuta, el
profesor y un asistente social. Entre ellos deben decidir el nivel de gravedad
que presentan las características del niño.
¿Cuál es su pronóstico?
El pronóstico de estos niños es incierto, desalentador, más bien
negativo, vinculado a su nivel de lenguaje y su cociente intelectual, aunque la
recuperación total parece una meta imposible.
La mayoría terminarán ingresados de por vida en una institución
adecuada aunque algunos, especialmente los que han adquirido lenguaje, podrán
vivir una vida marginal, autosuficiente aunque aislada.
Se estima que sólo uno de cada seis llega a una adaptación
social adecuada, con vida casi independiente y trabajo. Otros se adaptan
moderadamente. Dos tercios no podrán vivir independientemente.
Se han intentado tratamientos diseñando el entorno físico y del
comportamiento social que mejor se adapte al nivel de desarrollo del enfermo
con el objetivo último de lograr la máxima independencia personal y social del
individuo.
Dr. Salvador Pertusa Martínez
, especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
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