Revisado por Dr. Beatriz Esteban Benavides, especialista en Medicina Aeroespacial, Medicina Hiperbárica y
Subacuática
El deporte del buceo, que se ha hecho tan popular en todos los
países en los últimos años, no está exento de riesgos y uno de ellos es la
enfermedad descompresiva.
La enfermedad descompresiva o "enfermedad del buzo", se debe a
la formación de burbujas de nitrógeno en la sangre.
Como primera medida debemos señalar que los cursos para aprender
a bucear deben realizarse en escuelas acreditadas y es importante someterse un
examen médico de aptitud, a ser posible con un especialista en medicina
subacuática, dado que existen factores patológicos que pueden contraindicar su
práctica.
Las inmersiones deben hacerse de forma responsable, asegurándose
de que el equipo de primeros auxilios y los números de teléfono de los centros
de asistencia estén a mano. Conviene conocer los síntomas y ser capaz de
proporcionar los primeros auxilios al buceador afectado.
¿Qué es la enfermedad descompresiva?
Esta enfermedad también llamada "enfermedad del buzo" o "ataque
de presión", se debe a la formación de burbujas de nitrógeno en zonas del
organismo que pueden pasar a la sangre (dando lugar a fenómenos embólicos),
permanecer donde se han formado o emigrar a otras partes, produciendo diversos
síntomas.
Las burbujas se forman cuando el buceador sube desde aguas
profundas, donde hay más presión, hacia la superficie, donde la presión es
menor, en un espacio de tiempo demasiado corto.
Los síntomas se presentan poco después de salir a la superficie
y van desde un simple
dolor de cabeza, vértigos y
cansancio, hasta dolor en las articulaciones,
trastornos cutáneos, neurológicos (parálisis) e incluso en los casos graves,
shock y muerte.
Si sospecha que ha sufrido un accidente de descompresión, deje
de bucear, ponga en marcha los primeros auxilios y acuda a un centro
especializado en medicina subacuática. El tratamiento consiste en la
administración de oxígeno al 100% en el lugar del accidente y durante el
traslado, seguida de terapia en una cámara hiperbárica.
¿Por qué se produce?
El nitrógeno constituye el 70% de los gases de la atmósfera y
está presente en el aire que respiramos y en las botellas que se emplean para
bucear. Al sumergirse, la presión ambiental aumenta de forma proporcional a la
profundidad alcanzada, con lo que el buceador respira aire a una presión mucho
mayor que en la superficie. Al aumentar la presión parcial del nitrógeno, gran
cantidad de este gas tiende a penetrar en los tejidos del
organismo.
La cantidad de nitrógeno disuelto depende de la profundidad y
duración de la inmersión: cuanto más larga y profunda, mayor cantidad de
nitrógeno absorberán los tejidos del organismo. No hay problema mientras el
buzo permanezca a presión, pero al ir ascendiendo la presión disminuye y el
nitrógeno tiende a abandonar los tejidos y es eliminado por los pulmones al
expulsar el aire.
Si la velocidad del ascenso supera a la que el nitrógeno
disuelto es capaz de abandonar los tejidos, éste formará burbujas que pasarán a
la sangre o permanecerán en los tejidos produciendo una serie de síntomas
(parecido a lo que ocurre al abrir demasiado rápido la botella de una bebida
gaseosa).
Para disminuir el riesgo de formación de burbujas se deben
cumplir las normas de seguridad establecidas:
Ascender lentamente, a un ritmo no superior a 12-18 metros por
minuto.
Realizar, a ciertas cotas de profundidad, unas paradas de
descompresión.
Existen tablas que establecen la relación entre profundidad y el
tiempo de inmersión, e indican las paradas a realizar, a qué cotas de
profundidad y de qué duración. Con todo, dichas tablas no garantizan no sufrir
un accidente de descompresión, ya que influyen otros factores como la edad, la
obesidad, el ejercicio, el frío, algunos
fármacos y el sexo (las mujeres tienen más riesgo que
los hombres).
El buceador debe conocer el perfil de descompresión más adecuado
a su actividad y añadir a lo indicado en las tablas las variaciones de
seguridad en función de estos factores.
¿Cuáles son los síntomas?
Dolor de cabeza, vértigos, cansancio inusual o agotamiento.
También erupciones en la piel, dolor en las articulaciones, hormigueo en brazos
o piernas, debilidad muscular o parálisis. En algunos casos dificultad para
respirar, alteración de conciencia e incluso la muerte.
Los síntomas suelen aparecer al poco tiempo de salir del agua o
durante las últimas etapas del ascenso en las formas graves. Casi el 80% de los
casos presentan los síntomas dentro de las primeras 2 horas posteriores a la
inmersión y el resto dentro de las 24 siguientes. Si aparecen 24 horas después
de bucear, es poco probable que se trate de un accidente descompresivo, aunque
hay excepciones.
Si el buceador se somete a un descenso significativo de la
presión atmosférica durante las 12 ó 24 horas siguientes a su inmersión
(escalar una montaña, viajar en avión, etc.) puede producirse un accidente
descompresivo ya que la baja presión facilita la formación de burbujas en
tejidos que ya estaban saturados de nitrógeno.
¿Qué hay que hace para evitarla?
Siga estrictamente las normas de seguridad (buceo en parejas,
velocidad adecuada de ascenso, paradas de descompresión según indican las
tablas).
Sumérjase sólo dentro de los límites establecidos en las tablas
de buceo.
Mantenga un ritmo de ascenso lento y pausado, no superior a
12-18 metros por minuto.
Procure evitar las inmersiones que exijan una parada de
descompresión en el agua.
Haga una parada de seguridad de 3 minutos a una profundidad de
5 metros.
No se sumerja más de tres veces al día.
Si programa más de una inmersión en el mismo día, empiece por
la más profunda.
Si bucea durante varios días seguidos, tómese un día libre cada
dos o tres días.
Asegúrese de que está descansado y en buena forma física.
Sométase a chequeos médicos con regularidad. De padecer alguna enfermedad,
consulte al especialista antes de realizar una inmersión.
Respete un intervalo de al menos 24 horas entre una inmersión y
un vuelo o el ascenso a una montaña. Si se ha sometido a terapia de
recompresión en una cámara hiperbárica, el intervalo será de al menos 48
horas.
¿Cómo se diagnostica?
En la mayoría de los casos el perfil de la inmersión (número de
inmersiones, profundidad, duración, velocidad de ascenso y descompresiones)
junto a factores como el frío, las corrientes, el esfuerzo y condición física
del buzo aportarán indicios al diagnóstico.
Tras una exploración minuciosa ( pruebas para evaluar el
equilibrio, la coordinación, la sensibilidad, los reflejos y la fuerza
muscular) el médico podrá diagnosticar y decidir si hay que trasladar al
buceador a una cámara hiperbárica.
Pronóstico
El pronóstico depende de la gravedad, los factores individuales,
la premura, tipo y eficacia del tratamiento aplicado. Con un tratamiento
adecuado se pueden evitar lesiones permanentes. Cuanto más se retrase mayor es
el riesgo de consecuencias graves.
Ante la mínima sospecha acudir a un médico, ya que el trastorno
podría empeorar aunque no parezca grave en ese momento.
Después del tratamiento se debe dejar la actividad algún tiempo.
El descanso dependerá de la gravedad de la sintomatología y de los resultados
del tratamiento.
¿Cómo se trata el síndrome de descompresión?
En el lugar de buceo y durante el traslado:
Primeros auxilios o maniobras de reanimación si el
buzo está inconsciente.
Pedir ayuda.
Administración de oxígeno al 100% a un ritmo de 10-15 litros
por minuto.
Rehidratación oral (dar a beber líquido) siempre que el
buceador esté consciente.
No dejar que el buceador haga esfuerzos ni coja frío.
Nunca recomprimir volviendo a sumergirse en el agua.
En el hospital y centros especializados el único tratamiento
eficaz es la terapia en cámara hiperbárica.
Una cámara hiperbárica es un tanque de acero que se puede
presurizar.
En nuestro país existen en varios lugares, algunas de ellas en
instalaciones de la armada.
La presión de una cámara hiperbárica se aumenta cerrando las
puertas y bombeando aire hacia el interior.
Se aplican diferentes tablas de tratamiento dependiendo de los
síntomas o gravedad del cuadro clínico.
Durante el tratamiento se va aumentando la presión hasta que se
corresponda con la que existe a 18 metros de profundidad.
En algunos casos la presión de la cámara se aumenta hasta la
equivalente a 50 metros.
Mientras está en la cámara, el buceador respira oxígeno puro a
través de una mascarilla, con lo que aumenta la eliminación de nitrógeno.
La presión de la cámara se reduce gradualmente hasta que el
buceador alcanza la presión de la superficie.
El tratamiento suele durar varias horas.
Durante la terapia, una enfermera especializada permanecerá con
el buceador en el interior de la cámara.
El estado del paciente se vigila constantemente y se vuelven a
explorar la coordinación, el equilibrio, la sensibilidad, etc.
Si es necesario, el médico especialista entra en la cámara,
pero normalmente controla el tratamiento desde fuera en colaboración con la
enfermera.
Tras el tratamiento se mantendrá al buceador en observación
durante 24 horas, por si su estado empeora.
En la mayoría de los casos es suficiente con una sesión de
terapia, pero a veces son necesarias más.
Tras el tratamiento, el buceador debe descansar del buceo
durante un tiempo. La duración del descanso debe discutirse con un especialista
en medicina subacuática.
Más información
Centros de Medicina Hiperbárica en España: http://www.cccmh.com
Dra. Charlotte Barfod
, especialista en Medicina Subacuática, Dr. Charlie Easmon
, especialista en Salud Pública.
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