El mal de altura (también conocido como el mal de montaña agudo)
es el nombre dado a las reacciones fisiológicas del cuerpo humano (respuesta),
que se producen como consecuencia de la exposición a la baja presión de oxígeno
que existe a gran altitud.
El mal de altura es el nombre dado a las reacciones
fisiológicas del cuerpo humano que se producen con la exposición a la baja
presión de oxígeno que existe a gran altitud.
A medida que ascendemos, se produce una disminución progresiva
de la presión atmosférica y también de la presión parcial de oxígeno en el aire
que inspiramos. El oxígeno es esencial para la vida y su disminución brusca
produce importantes alteraciones que, de mantenerse durante un tiempo excesivo,
pueden llevar incluso a la muerte. Por este motivo, los montañeros, durante el
ascenso a las cumbres, han de someterse a un periodo de aclimatación con el fin
de que su organismo se vaya adaptando a estas bajas presiones de
oxígeno.
¿Dónde se produce el mal de altura?
Los primeros síntomas del mal de montaña pueden empezar a
sentirse a partir de los 2.500-3.000 metros por encima del nivel del mar.
Muchas estaciones de esquí se encuentran a estas alturas. En personas
sensibles, pueden aparecer incluso a menores alturas. A partir de los 5.000
metros, ya no hay ninguna vivienda habitada permanentemente por el hombre, ya
que acabaría por morir debido a los problemas que se presentan a estas alturas.
Por tanto, el riesgo de padecer mal de altura en áreas como las montañas de
Nepal y los Andes, donde las regiones turísticas pueden estar a una altura
entre los 3.000 y 4.000 metros, es completamente real. Cada año se producen al
menos siete muertes relacionadas con la altitud entre los 50.000 viajeros que
van a Nepal. El índice de mortalidad es aproximadamente de un 4% para ascensos
a picos con alturas superiores a los 7.000 metros.
Factores favorecedores
La incidencia del mal de altura varía mucho de un individuo a
otro (variabilidad individual). Hay personas que soportan mejor que otras las
ascensiones rápidas. Otros factores que influyen son la velocidad de ascenso
(cuanto más rápida, mayores son las probabilidades de aparición), la duración
de la estancia a una altura determinada, el ejercicio continuado a gran altura
y la edad (los más jóvenes y los ancianos presentan mayor predisposición). El
mal de altura no depende de la forma física de la persona y puede afectar
incluso a los atletas más experimentados.
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Al disminuir la presión de oxígeno en el aire inspirado y, por
tanto, en la sangre, el organismo pone en marcha una serie de mecanismos
destinados a aportar una mayor cantidad de oxígeno a las células. Aumentan la
respiración y el pulso, así como la eficacia de bombeo del corazón y el número
de glóbulos rojos (las células de la sangre responsables de la capacidad
transportadora de oxígeno). Sin embargo, la reducción de oxígeno tiene una
serie de consecuencias no deseadas: aumento de presión en la circulación
pulmonar (hipertensión pulmonar), cambios de los valores del pH sanguíneo
(acidez), alteraciones del equilibrio entre líquidos/electrolitos (sal), así
como paso de sangre o líquido a tejidos colindantes (extravasación de líquido o
edema).
El mal de altura se produce al ascender rápidamente de una
altura determinada a otra mayor, y permanecer a esa altura sin una aclimatación
previa adecuada.
¿Cómo se puede evitar el mal de altura?
Haciendo un ascenso gradual. Lo primero y más importante es
subir relativamente despacio, realizando periodos adecuados de aclimatación de
2 a 3 días a una altura determinada (empezando desde los 2.000 m) antes de
pasar la noche a una altura mayor. Es decir, escalar durante el día, durmiendo
dos noches consecutivas en el campamento inferior. Son aconsejables los
siguientes ritmos de ascenso: hasta los 5.000 metros ascender un promedio de
340- 400 metros como máximo, a partir de los 5.000 m y hasta los 6.000 m,
ascender 250 metros por día; y por encima de los 6.000 m, ascender un máximo de
150-200 m por día.
En caso de aparecer problemas, es fundamental descender a una
cota inferior a la que estaba aclimatado y descansar durante 24 ó 48 horas
antes de reanudar el ascenso. Si los síntomas son graves, iniciar el descenso
inmediatamente, siempre acompañado.
Beber mucho líquido (al menos 3 ó 4 litros diarios).
Evitar beber alcohol.
Dieta hiperglucídica: rica en azúcares y féculas sobre
todo.
Evitar quedarse frío.
El mal de altura se puede evitar, hasta cierto punto, con una
medicina llamada Acetazolamida, a dosis de 250 mg/12 horas o 500 mg, en dosis
única nocturna. Algunos expertos sugieren que para conocer los posibles efectos
secundarios del medicamento es mejor darle 2 días de prueba antes del viaje.
Los posibles efectos secundarios incluyen náuseas, alteración del gusto,
hormigueo en manos y pies, orina frecuente y abundante, alteraciones visuales y
sarpullido en la piel. Tomar este medicamento no significa que se pueda ignorar
el consejo de subir despacio.
Señales de peligro para el mal de altura
Las señales de peligro se desarrollan generalmente en las
primeras 36 horas. Afectan a más del 50% de los viajeros por encima de los
3.500 metros y casi al 100% de las personas que suben rápidamente a 5.000
metros sin aclimatarse.
Un dolor de cabeza leve que desaparece con analgésicos
(paracetamol, aspirina, etc.)
Náuseas y malestar general
Ligeros mareos
Dificultades para dormir
Si aparecen estos síntomas a alturas por debajo de los 3.000
metros se debería parar y descansar un par de días antes de continuar subiendo.
A alturas de 3.500 metros, se debe intentar bajar de 300 a 500 metros, y
quedarse allí durante 2 días antes de otros ascensos permanentes.
Síntomas graves del mal de altura
Un dolor de cabeza intenso y grave, que no desaparece con
analgésicos corrientes; vómitos.
Náuseas marcadas
Mareos, descoordinación, alteraciones visuales
Presión en el pecho, respiración y pulso rápidos, sensación de
dificultad respiratoria
Hinchazón o edema, generalmente alrededor de los ojos y, en
algunos casos, en tobillos y manos
Disminución de la cantidad de orina
Confusión, desorientación
Cambios psicológicos (indiferencia, pérdida del sentido del
peligro, etc.)
Convulsiones.
Cuando se presenten estos síntomas se debe buscar ayuda médica
de inmediato e iniciar rápidamente el descenso a la menor altura
posible.
Formas graves del mal de altura
Existen dos formas graves del mal de altura. Pueden ir
precedidas de síntomas leves (dolor de cabeza,
insomnio, falta de apetito, aturdimiento leve) o bien
aparecer bruscamente en un alpinista previamente sano, a causa de un ascenso de
gran desnivel o realizado con gran rapidez. Las dos tienen un alto índice de
mortalidad y pueden ocurrir cuando ya ha pasado un día o un día y medio, a
demasiada altura (normalmente, por encima de 3.500 metros). Son los
siguientes:
HAPE - Edema pulmonar de gran altura (líquido en los
pulmones).
HACE - Edema cerebral de gran altura (líquido en el
cerebro).
Edema pulmonar de gran altura (HAPE)
Los síntomas de HAPE son graves, e incluyen dificultad
respiratoria importante,
tos seca, expectoración sanguinolenta, presión o dolor
en el pecho, palpitaciones y
fatiga. Se puede oír un ruido de burbujeo durante la
respiración (edema pulmonar). Los labios, bordes externos de las orejas y uñas
pueden parecer azuladas (cianóticas), debido a la falta de oxígeno.
Edema cerebral de gran altura (HACE)
Es la forma de presentación más grave y rápida del mal de
altura. Los síntomas de HACE son fundamentalmente: náuseas, vómitos,
dolores de cabeza, alteraciones visuales,
irritabilidad, descoordinación, distracción, confusión, posible pérdida de
conciencia, convulsiones e incluso coma.
Tratamiento
Si los síntomas son leves, el reposo sobre el mismo terreno
durante 24 - 48 horas, junto con una buena hidratación y con una dieta
hiperglucídica, suelen ser suficientes. Debe prohibirse el ascenso a personas
que padecen síntomas de mal de altura -aunque sean leves- ya que pueden
evolucionar hacia formas más graves.
Si los síntomas son más graves o empeoran, debe iniciarse
inmediatamente el descenso del afectado a la menor altura posible, y siempre
acompañado. A veces, un descenso de 400 metros suele ser suficiente para notar
una mejoría.
Otra medida es administrar oxígeno a través de mascarilla, una
cantidad de 3 a 5 litros por minuto a una concentración no inferior al 40%.
Para el tratamiento del dolor de cabeza se pueden usar analgésicos menores
(paracetamol, aspirina, etc.) En cuanto al insomnio de altura, sobre todo si es
provocado por pausas periódicas de la respiración, debe tratarse con
acetazolamida, pero nunca con fármacos hipnóticos o sedantes como los que se
usan para dormir, ya que pueden empeorar aún más la respiración.
Si hay un médico disponible, podrá administrar los medicamentos
que crea necesarios. La medicación no sustituye al descenso.
Personas con tendencia a la apnea durante el sueño.
Personas que han tenido HAPE o HACE con
anterioridad.
Otros problemas que se deben considerar en la alta montaña son
las quemaduras solares, ceguera pasajera causada por la nieve (oftalmía) o el
frío y la congelación.
Dr. Charlie Easmon
, especialista en Medicina del Viajero.
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